Schumann, el chalado entrañable

Lo que más me gusta de la breve vida del genial Robert Schumann son las batallitas. Las anécdotas más famosas son, por una parte, que perdió la movilidad en uno de los dedos de la mano, porque ideó un complejo sistema de contrapesos para fortalecer la musculatura digital mientras tocaba el piano. Se pasó con el esfuerzo y quedó tullidito de un duate, que diría mi profesora de piano burlándose de su afrancesada y pedantona maestra.

Pero mi batalla favorita tiene que ver con su cuerda locura. Schumann estaba como un cencerro, pero él mismo era consciente de que se le había ido la cabeza. De vez en cuando se iba a un psiquiátrico por su cuenta y riesgo –como Ned Flanders–, y cuando estaba mejor, volvía a casa con su señora, la famosa pianista Clara Schumann (Wieck de soltera).

Yo me imagino perfectamente una conversación en casa de los Schumann:

Robert: Clara, querida, no me quedo a cenar que estoy trallando y me voy a ingresar unos días en el manicomio.
Clara: Pero qué tonterías dices. Siempre haciendo el payaso.
Robert: Que voy a pasar allí una temporadita a ver si mejoro, cariño. Que es por mi bien. Por nuestro bien.
Clara: De verdad, Rob, es que estás como un cencerro.
Robert: Pues eso estoy tratando de decirte. Que estoy como un cencerro.
Clara: Y, ¿cuándo vuelves? ¿Y yo qué hago mientras?
Robert: Cuando esté cuerdo. Juas. Es que me mondo. Y tú mientras, sigue con tu vida, con las clases de piano.
Clara: Ay, sí, que Brahms es muy bueniño y seguro que me cuida mucho.
Robert: Sí, sí. Tal vez demasiado. Llámame loco si quieres, pero yo creo que ese chico se está enamorando de ti.
Clara: ¡Pero qué simples sois los hombres, Robert! Es que no tenéis ojos en la cara. ¿No te das cuenta de que Johannes es un poco… suave?
Robert: Pero qué cosas tenéis las mujeres. Siempre andáis con estas suposiciones si veis a un hombre apuesto soltero. Y luego soy yo el loco… Anda y que te ondulen, Clara. Me voy al psiquiátrico. Nos vemos cuando esté cuerdo. ¡Ay, qué risa!

Como no puede ser de otra manera, finalizo con un par de fragmentos musicales de este genial músico. En primer lugar, con el inicio de las Escenas del bosque opus 82, una muy concisa obra que lleva por título “Entrada”. Tan delicada y deliciosa como breve.

Y en segundo lugar, con la parte final del Carnaval opus 9, creativamente titulada “Marcha de los cofrades de David contra los filisteos”, y que les propongo en la más histórica de las versiones, la más aplaudida por la crítica de su tiempo, la interpretación que redescubrió el Carnaval y que data del lejano 1939. Aunque este mismo pianista secreto grabó otras versiones posteriores, un poco más lentas, con mejor sonido, y con más uso del pedal y menos stacatto, no me resisto a colgar aquí este gigantesco y soberbio hito de la historia de la fonografía.

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