El juicio del camarada Duch

Leía el sábado que hoy se dictará sentencia tras el juicio celebrado contra Kaing Guek Eav, más conocido como el camarada Duch. ¿Que quién es este paisano? Pues, en dos brochazos, uno de los capitostes del régimen de los Jemeres Rojos. A saber, un grupo de chusma asociada en forma de partido comunista, que lideraba Pol Pot, se hizo con el poder en Camboya, cambió el nombre del país por Kampuchea Democrática –ya saben que cuando un país incluye en su denominación oficial el apellido “democrático” suele ser una dictadura comunista–, y estableció un régimen maoísta en 1975, que se mantuvo en pie hasta inicios del 79 y que ha pasado a la Historia por lograr que en tres años y medio la población de su país se redujese, misteriosamente, en algo más de un 25%; aproximadamente dos millones de personas (hay quien eleva la cifra hasta tres).

El camarada que nos ocupa y al que hoy sentencian comentaba ufano que a los enemigos “los decapitaban como si fueran pollos”, y en las instalaciones que él dirigía fue responsable directo del asesinato de unas 16.000 personas (es la cifra más aceptada y por la que se lo procesa; con todo, algunos la reducen a 14.000 y otros la elevan a 20.000), amén de la tortura de ni se sabe cuántas.

La “historieta” más repetida es que entre los “enemigos” depurados por el régimen polpotiano estaban todos los intelectuales, entendiendo por tal, por ejemplo, a cualquiera que llevara gafas o conociese algún idioma. Por supuesto, y como siempre ocurre en los regímenes totalitarios, “enemigo” es quien sea necesario que sea “enemigo”.

Estos angelitos comunistas consideraban que había que construir un régimen en el que no existiera ni la propiedad, ni el comercio, ni la moneda, ni el arte, ni la cultura, ni la familia, ni la religión, ni la escuela, ni tampoco las ciudades. Y obraron en consecuencia. Bautizaron a su proyecto como Año Cero para indicar que se arrasaba con lo que preexistía y se comenzaba desde los cimientos, y plantearon y llevaron a la práctica la supresión de todo lo mencionado y el establecimiento de un régimen totalitario, colectivista y que, basándose en la agricultura, aspiraba a la autarquía.

Y no sigo, que se me ulcera la úlcera. Pero seguro que un día de éstos el amigo Pablo nos ilustra sobre este tema en su magnífica serie sobre Historia del Comunismo.

Ah, y dedicado especialmente a la amiga Starling, la Constitución de la Kampuchea Democrática. Al lorito con el final del artículo 12:

No hay en absoluto desempleo en Kampuchea Democrática.

***

ACTUALIZACIÓN: Lo han condenado a 35 años.

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