La Fontana de Trevi, como media Roma, se cae a trozos. Su titularidad es pública. Las monedas que se tiran al agua son del ayuntamiento y es delito coger unas cuantas para un helado. Hay policía por allí vigilando constantemente.
Ahora bien; a la hora de soltar la pasta para restaurarla, un gasto de sólo 200.000 euros para un trocito de estuco que se desprendió, lo ha de hacer una empresa. Y como tantas veces en Italia, parece que lo público, lo privado y lo corrupto se dan la mano.
“Böh!”, que dirían ellos.
